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lunes, 11 de noviembre de 2024

Ferrocarril Interoceánico Ozumba




Era 1965 y el Ferrocarril Interoceánico atravesaba las montañas del Estado de México, una máquina de hierro que parecía desafiar la quietud de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. Desde Amecameca hasta Nepantla, los rieles del tren cortaban los paisajes como una arteria de progreso, y los pueblos en su paso recibían cada llegada con asombro y familiaridad.

Al cruzar el puente de Ozumba, la locomotora dejaba escapar un vapor que se alzaba entre el verdor de los campos y las casonas del lugar, mientras el sonido de su silbato anunciaba su paso inminente. Era un sonido que todos en el pueblo reconocían, desde los niños que jugaban en las calles hasta los campesinos que, al verlo pasar, se quitaban el sombrero en señal de respeto. Para los habitantes, el tren era más que un medio de transporte: era un lazo que los unía con otras comunidades, una puerta abierta al mundo más allá de las montañas.
Las viejas casonas de Ozumba vibraban levemente al paso del tren, y desde las ventanas y balcones la gente observaba los vagones llenos de pasajeros que, con miradas curiosas, descubrían el corazón de esos pueblos. Aquellos que subían al tren sabían que estaban por cruzar paisajes que parecían salidos de una pintura: cerros, campos sembrados, y, en el fondo, la imponente silueta de los volcanes.
Para los jóvenes, el tren era una promesa de aventura, un vehículo hacia la ciudad, hacia la educación o el trabajo. Para los más mayores, era un símbolo de las historias y memorias de un México que cambiaba, pero que en estos pequeños pueblos todavía conservaba su esencia. Mujeres y hombres, familias enteras, esperaban pacientes en las estaciones de madera, con sus mejores ropas, a que el tren se detuviera en medio de saludos y abrazos de despedida o de bienvenida.
El Ferrocarril Interoceánico no solo conectaba destinos, sino que, como una arteria vital, llevaba y traía sueños, noticias, mercancías y esperanzas a cada estación que tocaba. Su silueta avanzaba con el día y se desvanecía al atardecer, dejando en su estela un eco de progreso y nostalgia que impregnaba el aire de Ozumba y sus alrededores.



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